JHON SMITH

Jhon era el típico inglés, alto, rubio, ojos claros, bien parecido, muy amable, atento y especialmente delicado con el trato a las mujeres. Conoció a Ana, esta guapa morena de buena estatura, con un cuerpo escultural, muy delgada, pelo negro, ojos grandes y oscuros que hablaban solo con mirarla. Se prendó de ella en ese mismo momento.

 La conoció en la puerta de su establecimiento. Ana estaba mirando su escaparate con mucho interés y él se ofreció galantemente y sin ningún compromiso a enseñarle un muestrario con diferentes joyas. Así comenzó su relación: ella se percató del impacto que le causó por todo ello complacida, se dejó querer y sopeso que podía cambiar su suerte. En un espacio breve de tiempo —ella con 18 y él con 48 años—, se casaron, formaron un hogar y del matrimonio nacieron en tres años dos niñas.

 Jhon no llevó bien el primer embarazo de Ana, que se encontraba siempre indispuesta, por lo que empezó a visitar casas de alterne para consolarse. Desde siempre le gustaban las jovencitas. Allí conoció a un piloto de líneas aéreas charlando animadamente le contó que sabía (de los chicos diamante había presenciado algún que otro arresto; estos hombres y mujeres traficaban con diamantes, los transportaban dentro de su cuerpo y se exponían ante un auténtico riesgo sanitario y policial).

 Este joven le propuso un posible negocio y era comerciar también ellos. Extraoficialmente le comentó que (a su nivel) el personal de vuelo estaba libre de controles en las aduanas de cualquier aeropuerto. Y a cambio, Jhon le confesó que no eran buenos tiempos para la joyería. Con este nuevo amigo de Jhon, iniciaron una relación comercial de la que se podían beneficiar ambos. En cada uno de sus continuos viajes por Australia, Canadá, Botsuana, etc., el nuevo amigo le transportaba —previas las negociaciones oportunas— un pequeño paquete con brillantes similar a un paquete de cerillas, y a cambio por el riesgo asumido, el joyero le proporcionaba una retribución muy importante. 

El negocio comenzó a prosperar, pronto Jhon montó una segunda joyería, esta en la calle Velázquez, pero aquí empezaron sus verdaderas preocupaciones, tenía que blanquear un capital que no podía justificar. 

 Ana, por otro lado, se acostumbró a vivir a su manera. Conoció a un pequeño empresario dueño de una tienda dedicada a prendas de mujer. Situada junto a la joyería de su marido en la misma plaza. Ella la visitaba con frecuencia, Luis, el propietario, estaba viudo y tenía dos hijos, un niño y una niña de corta edad. Contaba con la ayuda de su hermana, que atendía junto a él la tienda, y la de su madre para cuidar a sus hijos. Luis y Ana se entendieron desde el primer momento.

Luis contaba con una educación muy refinada y estaba, por su trabajo, acostumbrado al halago hacía las mujeres. Enseguida entablo una buena relación con Ana. Este hombre complacía todos sus caprichos y se hizo imprescindible en su vida, resultó ser atento y muy amable. John observó muy complacido este acercamiento. Prudentemente, espero la ocasión hasta que estuviera consolidada esta relación, deseando el momento en que comenzaran a intimar.

 Luis estaba a disposición de Ana y a merced de sus antojos. En tantos momentos comenzaron a salir juntos los tres adultos con los cuatro niños ellos a su vez se hicieron rápidamente amiguitos Jhon contrataba a una “canguro” cuando llevaban a los niños con ellos.

 Luis estaba muy cómodo, si bien encontró a esta pareja muy peculiar. Le convenía mucho porque los niños se entretenían bien juntos y estos papás abonaban los gastos generosamente. Ana se dejaba querer y a su marido no parecía importarle mucho Jhon los acompañaba continuamente hasta que consiguió su propósito.

 En una de sus salidas le contó que tenía un negocio muy próspero y sin ningún riesgo. Disponía de una cantidad muy importante, producto de unas gestiones con diamantes, pero también tenía un montante de dinero que no podía justificar; comentó con Luis si podría contar con él y ayudarle. Luis sí podría justificar unos buenos rendimientos en su negocio le propuso un porcentaje sustancioso (por el favor) y le aseguró que si el acuerdo no se interrumpía, estaba dispuesto a procurarle una segunda tienda similar a la suya.

 Luis no se lo pensó se le acabaron los problemas económicos de una vez por todas. Hizo pocos ascos al papel que tenía que desempeñar verdaderamente no le representaba ningún sacrificio porque entendía que si él no aceptaba, se lo ofrecerían a otro. Total, solo era cuestión de dejarse querer por este matrimonio tan peculiar.

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